Institucional

Eduardo Pire, ecólogo y maestro

Despedida al ingeniero agrónomo Eduardo Pire.

Eduardo Pire ha sido un científico nato, que a su enorme capacidad investigativa sumó el arte de la comunicación de conocimientos, y el disparo de procesos de aprendizaje que, como él deseaba, continuaban por cuenta y obra del que tuvo la fortuna de conocerlo.  Muchos rumbos y muchas vidas cambiaron para bien a la luz de su persona, respetuosa hasta lo último del ajeno albedrío, y defensora del propio. Su mente superior vio al mundo y comprendió cosas que permanecen invisibles para casi todos nosotros; eso lo hizo distinto pero no distante, fue humilde y solidario hasta donde sea posible serlo.

Pero lo que lo distinguió sobre el común de los mortales fue su compromiso con la Verdad, y el amor al prójimo. Algo que no declamó, sino que practicó y hasta las últimas consecuencias. Es lo que hacía. Es lo que era. Lo que siempre dificultó su trayecto al tener que navegar en el mar de la hipocresía de nuestra sociedad, que prefiere dulces mentiras a duras realidades. Sí, podría haber transitado con comodidad, entre halagos y lisonjas, pero en sus propias palabras: “si amo y respeto a mi semejante, solo puedo decirle la verdad, no lo que quiere oír”. Y pagó las consecuencias muchas veces, lo cual subsidió el lento e inseguro aprendizaje de los que intentamos seguir su ejemplo.

Ilustración: Matías Cosentino

Para enunciar sus cualidades apelaré a uno de sus maestros, Charles Darwin, quien al describir al Gaucho argentino lo calificó como “noble, generoso, altruista…”. Como hombre de la tierra, cumplía plenamente estos requisitos, difíciles de encontrar en la sociedad en que hemos devenido. No alcanzaría un grueso libro para contener las anécdotas que lo atestiguan, algunas risueñas y otras conmovedoras, pero todas saturadas de humanidad. Nunca aceptó los honores que merecía, consideró su deber darlo todo sin pedir nada a cambio, y eso hizo.

Ha partido, pero él sabe que seguirá acompañándonos en lo cotidiano, porque lo que nos enseñó perdura, porque en mayor o menor medida nos hizo crecer como a sus queridos árboles, porque nos cultivó, y nos enriqueció en lo verdaderamente valioso: el camino de ser mejores, de aprovechar lo posible y de dar frutos. Nos hará falta. Pero ahora será nuestra responsabilidad tratar de aportar lo que falte. Es lo que él querría…

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